sábado, 22 de noviembre de 2008

Declaración de los Derechos Humanos

Llevo un tiempo preguntándome porqué si desde hace tiempo (1948) tenemos escrita y definida la Declaración Universal de los Derechos Humanos no se llega a cumplir por la mayoría de los países, es como si hubiera sido una obra de buena fe que se quedó en el cajón del olvido de los países ricos (los países pobres, por no tener, no tienen ni cajón del olvido)

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

"Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos"

Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.

"Artículo 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos"

[...]

Me sorpende lo claro y conciso de los artículos, no dejan lugar a dudas, no caben malas interpretaciones, sin dobles sentidos ni posibilidad de saltarse el artículo... pues bien, ¿cuántos países del mundo los cumplen?

¿En qué momento nuestras sociedad empezó a superponer valores creados por nosotros mismos a los valores naturales que se citan en éstos artículos?¿Cuándo empezaron a prevalecer las nacionalidades y el dinero sobre la dignidad y el respeto?

Pero todo este pasotismo institucional es legítimo, si, dado que la declaración de los derechos humanos es un escrito no vinculante ni de obligado cumplimiento, es decir, la gran mayoría de los países mundiales firman esta declaración de buenas intenciones pero no se ven obligados a cumplirla... ¿alguién entiende algo? Sincéramente empiezo a pensar que la Carta se hizo únicamente para ser colgada en la sede de las Naciones Unidas.

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jueves, 6 de noviembre de 2008

De Menchú a El Ejido

Hay algunas histórias que a pesar de estar localizadas en sitios concretos y protagonizadas por personas con nombres y apellidos se repiten en diferentes lugares y épocas de una manera casi exacta. Un ejemplo de esto es el artículo que escribe Eva (gran periodista y mejor amiga) sombre las similitudes de la situación de los indígenas en América Latina hace 25 años y la actual situación de los inmigrantes ilegales en Almería.

En septiembre de 1983, hace 25 años, la guatemalteca más popular de la historia, Rigoberta Menchú escribió, con la ayuda de una periodista, un libro contando su historia que es la de los abusos contra los indígenas en toda América Latina. De su infancia, Menchú relata cómo trabajaban en la finca bajo las órdenes de un caporal que, aunque indígena, había adoptado las costumbres de la explotación que los ladinos (no indígenas) aplicaban a su misma gente. De esta época decía Menchú: “una galera es una casa, un ranchito donde nos meten a todos los trabajadores. Digo galera pues sólo tiene techo de hojas de palma, hojas de plátano de la finca. Pero no tiene paredes, sino que es abierta. Allí viven los trabajadores, junto con sus animales: los perros, los gatos, todo lo que llevan del altiplano. Y es un lugar donde no hay límite, pues nos meten en cualquier lugar y nos dormimos con cualquier gente; así es en las costas”.

25 años después yo leía ese libro titulado ‘Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia’; y quizá ese título no fuese gratuito, pues sólo ya las primeras páginas me resultaron familiares, como si las hubiese leído en alguna parte y, entonces, me acordé. El siguiente párrafo es de un reportaje de El País Semanal titulado Regreso a El Ejido, la ciudad almeriense en la que cientos, miles de inmigrantes van a trabajar a las vastas extensiones cubiertas por invernaderos que transformaron el panorama agrícola y económico de esta zona yerma en los 70. La fecha del reportaje: octubre de 2008. 25 años después de que Menchú escribiese aquello, un periodista, como entonces, escribía esto:

“Emergen entre los invernaderos grupos de chabolas; viejos cortijos de la colonización y ruinas de casetas de peones en los que se detecta que vive gente por la ropa tendida. En el corazón de plástico, los caminos comienzan a poblarse de subsaharianos pedaleando pacientemente y magrebís cargados de garrafas que recorren kilómetros en soledad en busca de agua. En las balsas estancadas para el regadío figura pintado con brocha gorda: "Prohibido bañarse". En cruces y glorietas sin nombre, muchos jornaleros esperan que alguien les contrate sentados en el bordillo. Así un día y otro. No hay un policía en el horizonte”.

A mi me dio un escalofrío pues el artículo parecía continuar la historia de Menchú. Y, rescatando otro párrafo del libro, el de 1983, la guatemaltaca parecía estar hablando de El Ejido: “No hay letrinas, no hay inodoro en la finca. Entonces había un lugarcito donde hay muchos montes, y allí se iba toda la gente. Y vivíamos como 400 personas. Toda la gente se iba al mismo monte, de modo que era la letrina, el baño de toda esa gente. Y había muchas moscas encima de toda la suciedad que hay ahí. Había una sola pila en la galera donde vivíamos, y esa pila no alcanzaba ni siquiera para lavarnos las manos. Entonces había pozos de agua, más lejos, un poco retirados. (...) Entonces teníamos también que viajar hasta los pozos para tomar agua, para sacar las botellas de agua para llevar al corte de café”.

No dejaba de encontrar similitudes entre estas historias paralelas, lejanas en el tiempo y, sin embargo, cercanas. Y de nuevo les transcribo parte del artículo sobre El Ejido, pues bien podría sustituirse donde dice almeriense por, por ejemplo, Chichicastenango, sin que cambiasen las realidades de ambos lugares:

“La mayor crítica que se pueda hacer a los habitantes del poniente almeriense es haber mantenido a los inmigrantes al margen de los beneficios de la agricultura del plástico. Todos los vecinos han progresado en estos 30 años; no así los trabajadores extranjeros. Un ejemplo, Nureazddine, que llegó a Almería como marroquí hace 20 años; ya es español. Y para demostrarlo no deja de manosear el DNI durante la entrevista. Puede votar, pero sigue trabajando como jornalero en los invernaderos por 800 euros al mes. Él no ha avanzado un centímetro. Está donde estaba. Tiene tres hijos. Roza los 60. Su mujer, marroquí, no consigue los papeles. Viven en un desvencijado cortijillo a las afueras de Vícar por el que paga una hipoteca de 530 euros. Su aspecto es el de un mendigo. Es español. No entiende nada”.

Y de nuevo vuelta al libro, al de la vida de Rigoberta Menchú, ya por última vez, para cerrar esta historia nueva que hemos creado en cursiva, y que, por desgracia, no tiene fecha. Dice así:

“El caporal es el que manda; por ejemplo, cuando uno se descansa un rato en el trabajo. El caporal llega inmediatamente a insultar: trabajen, que para eso se les paga. Castigan también si la gente no se apura, porque muchas veces trabajamos por tareas y muchas veces trabajamos por días. (...) Otras veces se paga por lo que se recoge. Las dos cosas da igual porque muchas veces trabajamos más cuando es por día porque el caporal está encima de nosotros sin descansar. (...) Los niños llevan el mismo vaso y el mismo plato que los padres, o sea, no llevan doble cuando no ganan los niños. (...) En la cantina que tiene el terrateniente venden toda clase de guaro (...) pero lo sacan porque los de la cantina no reciben dinero en el momento sino que sólo apuntan lo que se llevó . (...) Nos descuentan de todo. De modo que tenemos que entregar el dinero para pagar nuestra deuda. Recuerdo muy bien que mi padre, ante la desesperación que tenían, y mi madre, ante la desesperación, se iban a la cantina”.

Es quizá el tiempo, la distancia y los mundos que separan en esta historia a indígenas de magrebís, o a caporales ladinos de agricultores almerienses lo que ejemplifica la condena de la humanidad. Por cuanto tienen en común; por cuanto en realidad, no cambia nunca.

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